Sin luz no hay color,
ni paisaje tras los ventanales.
Incontables tonos de luz,
efímeros e irrepetibles.
Los atardeceres comienzan
con una ligera brisa entre los árboles,
el zumbido de un pequeño insecto
deslumbrado por el aroma de las flores
al cruzar el jardín.
El principio de la oscuridad,
ese momento entre el crepúsculo
y la noche más cerrada,
penando por la claridad
de un trocito de luna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario